Desde hace aproximadamente dos años, llegó al gobierno de México un movimiento que dice transformará al país. En su apuesta política, supuestamente coloca primero a los pobres y ha declarado en diversas ocasiones (agitando un pañuelo blanco) que ya se eliminó la corrupción heredada de los gobiernos del pasado, no sin antes afirmar que ese pasado estuvo viciado en su totalidad; antes de su llegada al poder, todo se hizo mal, no hubo aciertos, solo malas intenciones, comisión de delitos y pandillas de lo que se señala como «conservadores» tomando perversas decisiones.

Un nuevo movimiento con políticos del pasado (reciclados, revueltos y algunos debutantes) se asume como el eje transformador que dará esperanza a los más desfavorecidos y modificará el rumbo del país.

Hoy me inspira Hannah Arendt, sus textos sobre política se leen tan realistas y actuales (a pesar de que fueron desarrollados en la década de 1950) que me agobia lo lejana que se encuentra la idea del gobierno efectivo y exitoso para todos.

¿Somos los seres humanos un cúmulo de conflictos irreparables y en nuestra diversidad jamás encontraremos un camino alumbrado por la razón y el bien común? Probablemente sí, pero las capacidades humanas también nos han permitido aprender algo de nuestras experiencias a lo largo de la historia.

El aprendizaje, fruto de la historia, del esfuerzo colectivo y de la capacidad de análisis, cambia de pueblo en pueblo; es tan complejo el fenómeno que abarca religión, costumbres, procesos sociales, experiencias, ambiciones y muchos aspectos más, pero ¿qué decir de México? Nuevamente me refugio en la reflexión de Hannah Arendt para rescatar un término que ella considera sumamente trascendente, el PREJUICIO.

A diferencia del juicio, el cual nace de la experiencia y conlleva un complejo proceso de análisis, el prejuicio arrastra fragmentos de alguna vivencia previa, la «revuelca» al paso de los años, la altera, la modifica y se convierte en una especie de idea popularizada desde el «se dice», «se opina»; como no tiene sustento en experiencias sensibles, se dispersa fácilmente entre la población. La gente prejuiciosa suele tener «efectos» sobre los demás, la popularidad del prejuicio no la tiene el juicio, el cual requiere de experiencia, idiosincrasia y no suele imponerse en el espacio público-político.

Prejuicio y política suelen ir de la mano, uno de los grandes retos a lo largo de la historia es buscar que el prejuicio no conviva cómodamente con el ser humano, es imposible anularlo porque solemos utilizarlo para simplificar la vida en su conjunto, incluso la actividad política se nutre de prejuicios que le ayudan a sembrar división y a lograr que algunos grupos se impongan sobre otros.

¿Pero qué sucede cuando el prejuicio gobierna? Sepamos que el prejuicio llega al poder cuando en principio de cuentas inundó a las masas de votantes con sus ideas mal ancladas a la realidad (de nueva cuenta aclaro que los prejuicios son un lugar común en política y la razón ayuda a neutralizarlos, salvo que, la intención original sea vivir de ellos y gobernar desde ellos dejando a un lado la razón y el juicio). Es el caso del gobierno de López Obrador, que siempre oculta una parte del pasado, durante muchos años «ancló» los prejuicios que al día de hoy, desde el poder, son elevados a verdad absoluta; es un gobierno que busca anular el juicio, siente desdén por él y lo tacha de adverso; finalmente con eso logra alterar la experiencia del presente.

En México gobierna el prejuicio, y luchar contra él requiere que nos regresemos al pasado para encontrar los juicios alterados que dieron origen al mismo y desenmascararlo; de lo contrario, nos perderemos en un enredoso camino de medias verdades que cada día se alejan más de la capacidad de observar qué hay detrás. El peligro se acrecenta cuando desde el prejuicio se pretende juzgar, ya que la realidad está alterada y desperdigada en el sinuoso camino de la búsqueda de pruebas y testigos; el juicio de los prejuiciosos está alterado de origen y llegar a la verdad se vuelve un objetivo casi imposible de alcanzar.

Cuando el prejuicio gobierna, impone su cosmovisión e ideologías «iluminadoras», únicas, homogéneas… Finalmente termina imponiendo su «realidad» histórica y política; como ya lo dije, las capacidades humanas también nos han permitido aprender algo de nuestras experiencias a lo largo de la historia y sí, los prejuicios cansan, se agotan, en ocasiones provocan crisis, ¿cuánta crisis necesitamos para arrumbar el prejuicio gobernante?…

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