Cuando salgo a la calle, tengo la extraña costumbre de observar los rostros de la gente e imaginarme qué estarán pensando… En un país como el nuestro y al ver la expresión de las personas, la mirada y la postura no me queda la menor duda de que la mayoría se encuentra preocupada por su situación económica. La pobreza siempre ha acechado a los mexicanos.

Pobreza, esa palabra que nos deja un gran vacío, pero, con la cual, convivimos todos los días; México es un país donde casi la mitad de la población es pobre (en 2018, el 48.8% de los mexicanos se encontraba en situación de pobreza y vulnerabilidad por ingresos según CONEVAL), los mexicanos llevamos en la mirada la desesperanza de ver obstaculizados el acceso a las oportunidades, a la atención médica, a la educación de calidad. Los actores políticos lo saben; por eso, cada sexenio escuchamos una nueva versión de los discursos anti pobreza, programas de gobierno, índices, estudios, análisis y números. La 4T hizo lo propio repitiendo en campaña «Por el bien de todos, primero los pobres», el discurso era claro, el proyecto de la 4T no tenía en la mira a la creciente clase media. 

La clase media la cual representa prácticamente la mitad de la población, se quedó fuera del discurso y, lo que es peor, de las acciones de gobierno; la 4T no solo olvidó que, para crecer como país, es indispensable voltear a ver a todos y crear un tejido social más cohesionado y estable; que, por el bien de todos hay que incluir a todos.

Exaltando y romantizando la pobreza, este gobierno ha dirigido gran parte del presupuesto público a 17 programas de reparto de recursos sin intermediarios, de los cuales, no es posible establecer el número de beneficiarios, ya que en muchos de ellos hay opacidad respecto a los padrones. Andrés Manuel sabe que, en nuestro país, el «ascensor social» es muy limitado —informe OCDE, 10/04/2019/— y, por eso, opta por pedir que se aspire a vivir cómodamente pobre, sabe que en México si naces pobre es muy probable que lo sigas siendo de adulto, salvo que se implemente una política transexenal que apueste por la generación de empleos de calidad, programas que impulsen el desarrollo humano, inclusión de las mujeres al mercado laboral, ataque frontal a la corrupción y muchas medidas que exigen incluir a todos los sectores de la población, pero es más redituable limitarse a la ampliación del padrón de receptores de las becas mensuales.

El presidente de nuestro país, dedica muchas horas de sus conferencias mañaneras a culpar a los de «arriba» de la desgracia de los de «abajo»; los pobres son el pueblo bueno, el resto no, además aquellos que aspiren a mejorar sus condiciones no son del todo bien vistos, esa aspiración propia de cualquier ser humano se ve cuestionada y acompañada de claras invitaciones para que la población no coma «lujosamente» y se conforme con frijoles y tortillas o tener un par de zapatos y apostarle a la vida «austera»… Podrían ser palabras huecas si no observáramos que las acciones de su gobierno no buscan impulsar a todos; al contrario, vemos como la clase media está cada vez más acorralada, no se encuentra en la mira de sus actos de gobierno, pocas veces habla de ella, no le inspira confianza, la borra… Incluso más que a los ricos, a los cuales —si se pliegan a sus caprichos— les da atención y los hace aliados.

En los hechos, la clase media se quedó sin apoyo, esa clase que es parte del motor de la riqueza de los países, tan heterogénea, tan cambiante… También es buena; al igual que los pobres de este país, lleva en la mirada la preocupación por el futuro incierto, tal vez no lo sabe, pero su consumo da vida a la circulación económica del país y sí, con sus impuestos ayuda a llenar las arcas de la Secretaría de Hacienda y, por lo tanto, aporta en masa para los programas sociales; esa pieza clave para el desarrollo de nuestro país se ha quedado, entre otras cosas, sin apoyos para sus Pequeñas y Medianas Empresas (PYMES), sin acceso a financiamiento para emprender nuevo proyectos, sin apoyo para enfrentar los créditos bancarios, sin becas para salir del país —para el presidente quienes salen del país a estudiar, lo hacen con la intención de regresar posteriormente a cometer actos de corrupción— sin apoyo de algunos de los extintos fideicomisos, entre otras cosas. 

Tal vez esa clase media que vota de forma cambiante, que es crítica, que retira el apoyo cuando se ve amenazada y que no se queda callada debería conformarse con el ambiguo decálogo que el presidente le dedicó en abril.

La pobreza no es buena, salir de ella es muy difícil y las crisis económicas la profundizan más; para salir de la pobreza, primero deben estar TODOS, de lo contrario, podríamos interpretar que se tiene un romántico gusto por ella. Por lo pronto, la única Oda a Pobreza que acepto es la de Pablo Neruda, aquí un fragmento:

«…Pobreza, me seguiste por los cuarteles y los hospitales, por la paz y la guerra.        
Cuando enfermé tocaron a la puerta: no era el doctor, entraba otra vez la pobreza. 
Te vi sacar mis muebles a la calle: los hombres los dejaban caer como pedradas. 
Tú, con amor horrible, de un montón de abandono en medio de la calle y de la lluvia ibas haciendo 
un trono desdentado y mirando a los pobres recogías mi último plato haciéndolo diadema.        
Ahora, pobreza, yo te sigo. 
Como fuiste implacable, soy implacable.        
Junto a cada pobre me encontrarás cantando, bajo cada sábana de hospital imposible encontrarás mi canto. 
Te sigo, pobreza, te vigilo, te acerco, te disparo, te aíslo, te cerceno las uñas, te rompo los dientes que te quedan. 
Estoy en todas partes: en el océano con los pescadores, en la mina los hombres al limpiarse la frente, secarse el sudor negro, encuentran mis poemas…»

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