«La política es el campo de trabajo

para ciertos cerebros mediocres»

Friedrich Nietzsche

Me aventuré a leer el documento llamado «Guía ética para la transformación de México», y lo primero que llamó mi atención fue el claro propósito de relacionar algunos conceptos como la competitividad, la productividad y el éxito personal con lo que el presidente López Obrador y sus amigos consideran régimen oligárquico. En la introducción de dicha guía, se señala de forma evidentemente negativa, que la oligarquía neoliberal quiso imponer la idea de que la modernidad estaba relacionada con valores como la competitividad.

Vale la pena recordarle a los 6 personajes que redactaron la guía en comento, y al presidente mismo, que la oligárquica y neoliberal competitividad está consagrada en nuestra Carta Magna, y que su documento comienza con el pie izquierdo al no revisar que en el artículo 25 constitucional se establece lo siguiente: «corresponde al Estado la rectoría del desarrollo nacional para garantizar que este sea integral y sustentable, que fortalezca la soberanía de la nación y su régimen democrático y que, mediante la competitividad y una más justa distribución del ingreso y la riqueza, permita el pleno ejercicio de la libertad y la dignidad de los individuos, grupos y clases sociales».

Pero no solo eso, la competitividad es para nuestro país (y para cualquier otro) tan importante, que la misma Constitución la define como «el conjunto de condiciones necesarias para generar un mayor crecimiento económico, promoviendo la inversión y la generación de empleo»; tal vez por eso la guía ética expresa que el régimen neoliberal «machacó» por todos los medios, que la modernidad residía en valores como la competitividad, se machacó tanto, que hasta quedó plasmada en la Constitución.

Productividad y competitividad van de la mano, y no, no están peleadas con la equidad y la justicia social, son necesarias para lograr el crecimiento sostenido y la solidez de cualquier economía actual, por eso son dignas de medirse a nivel micro (empresas) y a nivel macro (países); pero la 4T cree que son valores neoliberales, y de plano, ha desechado todos los índices que nos dan una idea de dónde estamos ubicados como país, como el Ranking de competitividad mundial (IMD), en el cual por cierto, hemos pasado de la posición 50 a la 53 de un total de 63 países.

Cuando la guía ideológica de un gobierno da cuenta de que la competitividad es negativa, debemos preocuparnos, porque golpea a la capacidad humana y a la conjunción de múltiples esfuerzos personales y colectivos; la exigencia para lograr ser competitivo es elevada, requiere de conocimiento, calidad, innovación, uso de la ciencia y la tecnología, preparación para el futuro (transformación digital), desarrollo del talento, así como de políticas públicas de impulso a dichos principios. En pocas palabras, encarna el «ser mejor» y destacar.

Los conceptos anteriores están fuera de la narrativa del gobierno actual, y los esfuerzos por impulsar dichos principios son cosa del pasado neoliberal; probablemente, el gobierno federal considera que con los apoyos de 25 mil pesos para las pequeñas empresas (afectadas por la crisis económica global), se da por atendido a lo ordenado en nuestra Constitución, olvida que la agenda de la competitividad ya estaba echada a andar por los gobiernos anteriores, tiene vida propia en las entidades federativas, las empresas y las universidades, y existen organismos que la observan y la miden.

La aniquilación de la competitividad quedó al descubierto en el Presupuesto de Egresos de la Federación (mismo que fue aprobado por la mayoría morenista), el Programa para la Productividad y Competitividad Industrial recibirá 1.4 millones de pesos en 2021, una reducción de casi 99% con respecto a los 126 millones aprobados en 2020; otros conceptos como el impulso a la competitividad en el campo fueron casi desaparecidos. Además, se recortó el Programa para el Desarrollo de la Industria de Software (PROSOFT) y la Innovación, este rubro recibió 175 millones de pesos en 2020, de los cuales solo se ejercieron 2.2 millones al cierre del primer semestre.

El gobierno «humanista» de López Obrador ignora que la competitividad tiene como beneficiario al ciudadano quien es el consumidor final, y de acuerdo a sus recursos decide qué y cuánto comprar. La competencia beneficia a la población, pues exige que las empresas se esfuercen para ofrecer precios justos y calidad.

Pero nos queda claro, la 4T desprecia la competitividad y lo ha consignado por escrito.

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