«No te convocamos porque era tarde», «Anita hermosa, ya acordamos esto», «No hagas problemas; además, fue una reunión de puros hombres y se puso muy ruda…», «Anita, opinamos que la coordinación parlamentaria es muy pesada para ti, una mujer no puede coordinar a un grupo de hombres», «Ya no hagas conflicto, las mujeres hacen problemas en todo», «Tú ves los temas de mujeres y lo de todos esos grupos», «Anita, tú no; no te expongas, déjanoslo a nosotros». Podría recitar un rosario de frases y acciones excluyentes que retumbaron en mi cabeza durante años; legislar como única mujer de mi grupo parlamentario fue, sin duda, una experiencia dura, pero de grandes aprendizajes.

Corría el año 2005, Michoacán un estado rudo y políticamente muy complejo; muchos años antes algunas mujeres habían llegado a ocupar la curul que yo ocupé, trazaron con mucho esfuerzo un camino que yo pude recorrer, pero me tocó seguir quitando piedras que quedaban regadas por todos lados; sin leyes especiales ni cuotas de género, llegué gracias al voto popular y después de sortear muchos obstáculos, a punta de empujones, de levantar la mano, de seguirla levantando y de no cejar en el esfuerzo.

Cuando se me excluía y me dejaban fuera de algunas negociaciones o negociaban a mi nombre sin pedir mi parecer, el sentimiento de vacío y de indignación me daba más fuerza para seguir, ignoraba que ese también es un tipo de violencia, acciones escondidas en el «no te quisimos exponer», «fue por protegerte», «es un ambiente muy pesado para ti»; engañaban, confundían y escondían lo que realmente había detrás, una clara pretensión de dejar fuera una voz femenina que podía incomodar a muchos.

Intrigada observaba las fotos del archivo histórico del Congreso, veía los rostros de las pocas mujeres que aparecían en ellas, me preguntaba si habían pasado por lo mismo que yo… Si sus propios compañeros las habían bloqueado, si recibían golpes en la prensa escrita con clara dedicatoria, tal vez porque pisotearon algún rancio orgullo, tal vez porque dijeron que no, ¿a ellas también les habían creado novios que las «hicieron» diputadas?, ¿también las habían dejado solas en sus eventos importantes, solo para darles una lección?

Amargos momentos equilibrados siempre por aquellos compañeros que sabían de respeto y que no tenían que ser obligados por ninguna ley a reconocer la necesidad de romper las barreras de la inequidad, hombres y mujeres claramente formados en el terreno de la paridad, claros de que las diferencias enriquecen, no estorban, a ellos siempre los llevo en la mente, a los que creyeron en mí cuando denuncié acoso, a los que me defendieron.

Antes me avergonzaba al contar lo que hoy apenas relato, pensaba que me veía vulnerable y que tal vez yo había provocado algunas de esas respuestas, yo, tan poco dócil, tan directa y segura de lo que quería, tal vez eran los gajes del oficio; no era la primera ni la última mujer que vivía discriminación, acoso, exclusión y hostilidad simplemente por ser mujer, sabía que las mujeres necias y «bravas» caen mal, especialmente en ambientes de hombres, llegué a pensar que debía pagar ese precio. Sin embargo, trataba de inspirar e impulsar a otras mujeres, no me perdí ningún foro, en mis ponencias hablaba de cómo había logrado los éxitos legislativos, jamás me exhibía como víctima, todo en mí era lucha y más lucha; supongo que era una reacción aprendida porque crecí entre mujeres con poder; nunca las vi calladas, a veces sufrían en silencio, pero siempre estaban al mando, ellas no lo saben, pero me enseñaron que ninguna se queda atrás…

Hace años el instinto nos guiaba, no existían mecanismos de protección y defensa a favor de las mujeres que nos abríamos paso en las posiciones de poder, nos hicimos habilidosas y afinamos nuestras estrategias para lograr los objetivos planteados; a pesar de todo, sabía que el futuro era prometedor porque estudiaba las convenciones para eliminar todas las formas de discriminación contra la mujer, incluso legislé de la mano de los instrumentos internacionales que daban luz al respecto y participé en los foros que buscaban armonizar la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia. Pero pronto me volvía a ubicar en la realidad y continuamente seguía viviendo esa violencia velada, lidiaba con la mirada insultante, la invitación mal intencionada que pedía intercambio de favores, los rumores, las amenazas, el retiro de la candidatura… Situaciones comunes, denigrantes y tan sutilmente violentas.

Esas experiencias del pasado dieron origen a los mecanismos del presente, muchos años pasaron para lograr el entramado legal que, de forma transversal, asegura la atención a las mujeres víctimas de violencia política de género; da la oportunidad de analizar caso por caso reconociendo la complejidad de cada situación. Al día de hoy, en nuestro país se han logrado reformas en diversas disposiciones de siete leyes en materia de violencia política y paridad de género. Entre estas reformas destaca la incorporación de un capítulo sobre la violencia política en la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia; la incorporación de sanciones a diversos actores políticos que cometan esta conducta en la Ley General de Instituciones y Procedimientos Electorales y la regulación del tipo penal de violencia política contra las mujeres en razón de género en la Ley General en Materia de Delitos Electorales.

El día de hoy (y gracias a la legislación, acciones afirmativas y lineamientos especiales), más mujeres participan en política y enriquecen el espacio público, hay a quienes les parecen injustas las llamadas «cuotas de género», pero olvidan que las mujeres mexicanas solo tienen 67 años participando en procesos electorales, antes de 1953 la ley NO se los permitía, lo cual representa un retraso de décadas, si al retraso en el reconocimiento de derechos sumamos los prejuicios sociales y el inequitativo acceso a la educación superior, nos resta una participación muy limitada. Que no nos quede duda, las mujeres debemos participar en política, prepararnos para hacerlo de la mejor manera y contar con mecanismos que anulen la constante tentación de cerrarnos el paso.

Que estas líneas sirvan para reconocer a quienes caminaron el camino duro, solitario y empedrado de la falta de paridad y, más aún, a quienes dieron un paso al frente y forjaron las leyes que hoy permiten luchar contra la violencia política de género.

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